domingo, 31 de enero de 2021

El oráculo del papel higiénico

Está claro: el covid-19 nos está vapuleando, y no solo desde el aspecto sanitario. Hemos tenido que bajar a las alcantarillas y analizar las heces de la sociedad para tratar de adelantarnos al comportamiento de este coronavirus, imagen muy sugerente. Siguiendo esta regla, quizás la sociología y la ciencia política tendrían que pararse a analizar qué le está queriendo decir la gente cuando vacía de papel higiénico los lineales de los supermercados. Pasó durante el Gran Confinamiento. Ha vuelto a suceder en Madrid con la Gran Nevada. Tal vez entremezclado con la pulpa de papel haya quien descubra esos códigos que hablan del hartazgo social, del vacío moral, del sinsentido transformado en postureo, del cada vez mayor emotivismo infantil, de los preocupantes juicos sumarísimos instigados a base de algoritmos. Atados forzosamente a la televisión y a las redes sociales, y desgraciadamente cada vez menos a los medios de comunicación como se entendían poco antes del AC (Antes del Coronavirus), tanta ingente cantidad de papel higiénico puede ser un gran aliado para hacer un diagnóstico de nuestros males y tratar también de entender si tienen remedio. Por ejemplo, ¿serían capaces de analizar los investigadores de nuestras cacas si su incidencia es mayor según los programas de televisión que veamos o los canales de comunicación que usamos? ¿Conllevan un mayor uso de papel higiénico? Aquí podría añadirse una variante: ¿tiramos más del rollo durante las cuatro horas y veintiocho minutos que vemos los españoles de media la tele al día? Si usted me lo preguntara, le contestaría que sí. Ya se lo dejó dicho el papa Francisco a Jordi Évole, al señalarle los cuatro pecados del periodismo. “Desinformar, calumniar, difamar… y la coprofilia. Hay medios que viven de eso”, le espetó. Y si esto se hace en los telediarios, no quiero pensar lo que se consumirá durante los ‘Sálvame’ que en el mundo están siendo. Tengo que reconocer que esto lo dijo Bergoglio AC, pero si usted me preguntara si ha aumentado la coprofilia, también le contestaría afirmativamente. ¿Nos dirían algo adicional esos estudios de mierda (perdón) si los zonificáramos? Es decir, ¿qué se toparían en las alcantarillas en donde desembocan los desagües de los ayuntamientos en donde sus regidores se han vacunado –y evacuado– porque yo lo valgo? ¿Detectarán miedo a la enfermedad, prepotencia o el sálvese quien pueda? ¿Quedarían registros en las cañerías del retrete del primer ministro holandés de las razones por las cuales su Gobierno urdió un sistema que llevó a la ruina a miles de familias de inmigrantes bajo la acusación (falsa de toda falsedad) de utilizar fraudulentamente la asignación que recibían para el cuidado de sus hijos y obligarles a devolver el dinero en un plazo de tiempo inasumible? ¿Habrá algún tipo de huella en la celulosa que detecte el envaramiento moral de un Gobierno que apenas puede disimular su racismo, ya sea contra turcos, marroquíes e incluso españoles? Quizás le ciencia nos ayude a desentrañar estos comportamientos bajando a las alcantarillas. Pero, con Oliver Sacks, creo que para conjurarlos, o al menos acorralarlos, necesitaremos también la decencia. Es lo que recoge al final de su libro póstumo, ‘Todo en su sitio’: “Me parece que solo la ciencia, ayudada por la decencia humana, el sentido común, la amplitud de miras y la atención a los más desfavorecidos y los pobres, supone una esperanza para un mundo sumido en el marasmo moral. Es algo que queda explícito en la encíclica del papa Francisco [se refiere este científico agnóstico a Laudato si´], y es algo que no solo lo pueden poner en práctica las tecnologías gigantescas y centralizadas, sino también los trabajadores, los artesanos y los campesinos de los pueblos del mundo. Entre todos podemos sacar al mundo de sus crisis actuales”. Habrá que estar pendiente, pues, del papel higiénico. José Lorenzo

martes, 26 de enero de 2021

AMAR CUIDANDO


Hay mezclas explosivas. No me refiero a ningún cóctel, si no aquellas que en la vida te hacen saltar los diferenciales y te rompen emocionalmente. Estamos viviendo un tiempo convulso. Los sanitarios y los cuidadores se han convertido en una especie de héroes. La soledad y el aislamiento han arrancado ese espacio en el que nos sentíamos protegidos y acunados. La muerte y la debilidad nos han mirado cara a cara. En los corrillos o en las plataformas digitales se ha hecho viral eso de valorar un abrazo, de acompañar hasta el final, de unir las manos aunque sea a través de un cristal. Cuidarte, cuidar, cuidarse. Y en medio de todo este desconcierto, de esta bofetada de realidad que nos ha dado la pandemia, vuelven a surgir voces reivindicando que mi vida es mía, mis decisiones son mis decisiones, y que somos dueños de ¿qué? La tristeza de los que he visto en soledad dentro de los hospitales o de las residencias, de los que han muerto sin el calor de una mano o de una última palabra, se me ha hecho bola en el estómago. No hay más alternativa: autosuficiencia o humildad; rebeldía o aceptación; cuidados o desentendimiento; entrega o egolatría. Cuando oía hablar a algunos lideres de la Iglesia de dos culturas: una cultura de la muerte o una cultura de la vida, entiendo mejor lo que estaban diciendo. Cuando oigo hablar a algunos líderes políticos o sociales de diferente signo de “muerte digna” ¿a qué se refieren? El amor acompaña, se sacrifica, libera, acepta, comprende, dignifica, no tiene más límite que la propia vida, una vida que se dona como lo que es: un maravilloso regalo. Todo se puede comprender pero no todo se puede justificar. ¿Seguiremos “tirando” o acompañando? Aquello que no es eficaz; aquello que no es exitoso; aquello que es diferente; aquello que hace aflorar la debilidad; aquello que no es rentable; aquello que es incomprendido; aquello que muestra la pobreza; aquello que es molesto; aquello que no es bonito; aquello que nos rompe; aquello que nos pone en el espejo. Tú tienes la respuesta y no es salir a las ventanas o a los balcones a aplaudir: ¿descartar o cuidar? esa es la cuestión.



 

domingo, 24 de enero de 2021

CONTRASEÑAS, ESA PESADILLA

“La contraseña que has introducido es incorrecta”, “¿Te has olvidado de la contraseña?”, “Repite la contraseña”, “La contraseña tiene que contener algún número y alguna mayúscula”, “No coinciden las contraseñas”, “Contraseña débil”. “Cambia tu contraseña”. Casi cada día nos llega algún aviso de ese tipo y es que las contraseñas se han convertido en una de las penitencias de este tiempo, con funciones parecidas al cilicio y los ayunos de antes. Cumplen su encargo penitencial de recordarnos qué poca cosa somos y ponen en evidencia nuestra falta de memoria, o de imaginación, o nuestra torpeza informática (“Ni idea de la contraseña que puse”, “¿Dónde la habré apuntado?”, “No se me ocurre ninguna”, “¿Por qué demonios tengo que volver a cambiarla…?”) Un dato a su favor es que están presentes en el Evangelio: en la nochebuena de Belén el ángel les dio una a los pastores: “un niño envuelto en pañales” y Judas había pactado la del beso con los que querían detener a Jesús en el Huerto. Otras son más siniestras: la que dio comienzo a la segunda guerra mundial fue: “La abuela ha muerto”, y con “El 17 a las 17” empezó la guerra civil española. Como nos recomiendan que de vez en cuando cambiemos las contraseñas, Enero puede ser un mes oportuno para hacerlo porque quizá algunas están caducadas aunque nos empeñemos tercamente en repetirlas. A la gente de mi generación nos daban unas cuantas muy claritas al entrar en el convento y nos agarrábamos a ellas con fervor de novicios: “obediencia a la campana”, “respeto a la Maestra”, “clausura y separación”, “observancia de la Regla”, “pedir permiso”, “recogimiento y silencio”… El Concilio nos las hackeó y tuvimos que cambiarlas precipitadamente, tratando de sobrevivir al caos. Con tiempo, paciencia, búsqueda, buena voluntad, tropezones y aciertos, hemos ido escribiendo otras nuevas: “escuchar y discernir”, “caminar con otros”, “entrar en procesos”, “vivir desde dentro” “recrear vida”, “resistir y reinventar”, “vivir lo cotidiano”… Francisco en la Fratelli tutti nos propone algunas preciosas: “construir en común”, “recuperar la amabilidad”, “recomenzar desde la verdad”, “reconocer al otro”, “encarnarse en todos los rincones”, “lugar para los descartados”, “artesanos de la paz…” De todas maneras reconozco que a estas alturas de mi vida estoy ya un poco cansada de tanta exhortación y tanta consigna y he decidido apuntarme, con traducción personalizada, a lo que decía Pedro en el comienzo de Hechos: “Jesús es la contraseña que vosotros olvidasteis: ahora es ya la única. La salvación está solamente ahí y ya no tenemos otra contraseña diferente que debamos pronunciar para salvarnos” (He 4, 11-12). Añado: incluyendo el número 1 y todo con MAYÚSCULAS. Dolores Aleixandre

Siguiendo a Jesús itinerante

Joaquín Villanueva García nació el 14 de enero de 1948 en Ciudad de Panamá y murió allí el 2 de enero del 2017. Estudió medicina en la Complutense y su residencia fue la mía, el Colegio Mayor Marqués de la Ensenada. Con él hice mi primer viaje a Santiago de Compostela, recorriendo algunas etapas del camino y bajando con alegría la cuesta del monte del Gozo. Durante años escuché a mi amigo narrar su experiencia del camino francés en conferencias pronunciadas en Panamá. Desde entonces, el camino ha permanecido identificado con amigos entrañables que me han acompañado en momentos inolvidables de mi vida. Sin embargo, las primeras noticias detalladas las recibí durante el verano de 1954 con motivo de la estancia del patriarca de Venecia, cardenal Roncalli, en mi casa de Pasajes de San Juan, invitado por mi hermano a ganar el jubileo jacobeo. El futuro papa Juan XXIII conocía bien la historia de la tres grandes peregrinaciones medievales, pero en mi casa el historiador Tellechea y mi hermano le fueron describiendo con todo detalle los sorprendentes itinerarios europeos que desembocaban en Compostela. España vivía precariamente en esos años y el año santo compostelano de 1954 se convirtió en una bocanada de aire europeo, de encuentro y comunicación con peregrinos de otros países que, de otro modo, no hubiesen llegado a un país entonces tan marginado. Las peregrinaciones a Jerusalén, Roma y Compostela han sido esencialmente actos religiosos, de sacrificio, oración dificultades y penitencia, aunque con el tiempo y, sobre todo, en los últimos decenios, los viajes a Roma y Tierra Santa se realizan en avión, tren o automóvil, de forma que Compostela es la única meta que permanece esencialmente identificada con el camino, el esfuerzo y las privaciones de los caminantes. Sin embargo, la atracción por el ejercicio físico y la secularización galopante de nuestros días, consigue que la motivación de muchos de estos caminantes se centren en la actividad física, desdeñando o marginando su conexión cultural y religiosa. No existe en el mundo una experiencia semejante: cientos de kilómetros de vivencias religiosas, reclamos profundamente culturales y entornos naturales extraordinarios. Europa nació una vez más entorno al camino y el cristianismo mostró algunas de sus características más profundamente bellas en estos itinerarios deslumbrantes. Juan Mari Laboa

domingo, 17 de enero de 2021

No dejar a nadie atrás

Me perdonará mi amigo José María, mucho más experto que yo en la materia, pero hay una pregunta que llevo meses haciéndome. ¿En África no hay coronavirus? Porque sabemos que en Occidente, y por supuesto China y Rusia, los informativos, tertulianos, “twiteanos” y demás expertos, se encargan de informarnos diariamente (bueno más bien casi horariamente) acerca de la difusión del virus, de las camas ocupadas en planta o en la UCI, no ya por países, sino por comunidades autónomas o regiones. También sabemos en cada instante el número de vacunas compradas, fabricadas, distribuidas y administradas. Europa ha comprado más de 1.500 millones de vacunas, es decir, más de tres veces su población. Imagino que el resto de países ricos rondarán o superarán dicha cifra. Pero ¿y los países pobres? ¿y África? Algo de virus deben sufrir, cuando se habla de la mutación sudafricana, pero ésta nos pilla lejos por ahora. ¿Quien se preocupa de la extensión del virus en países con capacidad sanitaria infinitamente inferior a la nuestra? ¿Cuántas vacunas se van a destinar a estos países? ¿Cuándo? ¿a costa de endeudarlos todavía más? Papa Francisco en Fratelli Tutti advierte, en muchos de sus puntos, pero quizá de manera muy clara en su punto 142, de “…que hace falta prestar atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana”. Los países ricos nos hemos apresurado a protegernos, olvidándonos de nuestros hermanos más desfavorecidos. Nos rasgaríamos las vestiduras si en España el criterio de vacunación fuese la capacidad económica. Aunque imagino que se producirán algunas graves injusticias (prioridad de vacunación de gente de la calle, inmigrantes sin papeles, marginados, etc), la pelea aquí se centra en cálculos políticos y desacreditación del rival político. Yo vacuno a mis votantes, y el resto… Todo se juega en la arena política y de muchos de los medios de comunicación. De manera similar, Michael J. Sandel -profesor de ciencias políticas de la Universidad de Harvard -en “La tiranía del mérito, ¿qué ha sido del bien común?”, nos alerta de cómo la meritocracia sin valores, sin una búsqueda del bien común, ha construido una sociedad hueca, desnortada, crispada. Caldo de cultivo para populismos y populistas que, con mensajes demagogos, llegan al poder del que luego es muy difícil desalojarlos. Y siempre con un coste extraordinario. Aunque fuese solo por criterios egoístas, estamos ante una ocasión única para que la vacuna se administre en todo el mundo a la misma velocidad y con los mismos criterios y calendarios. De otra manera nos encontraremos con sociedades profilácticamente vacunadas, y cientos de millones de personas que tratarán de llegar a nuestros bonitos países. Pero la valla que tendremos que construir será más alta que la del denostado Trump, o de las concertinas españolas. El virus mutará, se extenderá en esos países, se hará inmune a la vacuna, y vuelta a empezar. En fin, progres y católicos que acogimos con alegría Fratelli Tutti, tenemos una magnífica ocasión de actuar y no solo de aplaudir. Si de verdad queremos hacer algo, preocupémonos por nuestros hermanos más pobres, no solo a la vuelta de la esquina, que también. ¿Cómo? Empezando a cuestionarnos más allá de nuestro ombligo, levantando la voz en nuestros círculos de influencia, sin despreocuparnos del frágil que tenemos a tiro de piedra.

lunes, 11 de enero de 2021

Pocas luces

Por razones que no vienen al caso, he tenido que lidiar con una compañía eléctrica, de cuyo nombre no quiero acordarme, y la simple experiencia, que se demoró en distintas etapas durante cuatro días e innumerables “confirmando verificación” desde el otro lado del hilo telefónico (caída de la línea incluida) en algún lugar de América Latina, me dio la pista de porqué hay gente capaz de disfrazarse de bisonte (salud mental aparte) e incluso asaltar el Capitolio, en su versión más extrema: unos charlatanes nos han vendido un progreso de todo a cien, o sea, un desarrollismo del chino de la esquina en todas sus acepciones, pero en cuyas estanterías faltan valores primarios. Me resultaba desconcertante y crecientemente irritante la churrigueresca parafernalia tecnicista que asistía a mi deseo de domiciliación bancaria de un recibo. Incomprensiblemente el proceso se dilataba y, entrando en bucle, se hacía cada vez más incomprensible su lógica unidireccional y autoritaria. Intentaba seguir la dinámica con atención, dedicación y la suficiente educación para evitar caer en la descalificación personal de mis varios interlocutores humanos (fueron varios días, recuerden), sabiendo que también ellos eran meros eslabones de la misma precariedad. Finalmente concluí el proceso con la desazonante sensación de que este desacompasamiento entre la necesidad y el deber no puede ser del todo casual, y si lo es, es otro motivo más para que el hombre búfalo que todos llevamos dentro (unos más que otros, es cierto) se vaya cargando de razones, que suelen ser sinrazones desde una lógica en vías de extinción. No puede ser que se ponga a prueba la cordura -dejémoslo simplemente en el humor- con un proceso así cuando una mañana, mientras lees un periódico digital, te aparece un anuncio publicitario sobre un producto concreto (un colegio en este caso) que la tarde anterior alguien de tu entorno mencionó de pasada en una conversación cara a cara, es decir, no telefónica, aunque es cierto que los móviles estaban sobre la mesa, hmmmm. Entonces entendí no solo la rabia (las causas las tenía ya claras), sino la desesperación de los habitantes de la Cañada Real Galiana de Madrid. Si a mí, que quería pagar recibos, me torearon, qué no harán con quienes reclaman, sin querer/poder pagar, que no les dejen sin luz, sin electricidad en el invierno madrileño más crudo de los últimos tiempos. Ahí hay agazapados un montón de hombres y mujeres búfalo, escarbando con su pezuña delantera el polvo que forma el suelo de sus infraviviendas antes de decidirse a embestir, locos de ira ante la impotencia de ver a sus hijos ateridos de frío. Y con la indiferencia como toda respuesta. Me sé la teoría de la respuesta oficial: solo cuatro de las casi dos mil viviendas tienen contrato legal, el resto tira de enganches que ahora les han cortado y, además, la falta de electricidad se debe realmente a la sobrecarga eléctrica causada por las plantaciones de marihuana de unos desaprensivos que, sin embargo, tienen unos Porsche aparcados en el interior de sus patios cercados de hojalata. Lo he leído. Lo he visto en la televisión e incluso se lo he escuchado a la presidenta madrileña. Es más, me creo estas razones a pies juntillas y comulgo con que no se pueden tolerar. Pero también creo firmemente que unas administraciones serias y competentes (no excluyo las responsabilidades que correspondan a la Delegación del Gobierno o Ministerio correspondiente) no pueden mirar para otro lado en estos casos. Primero, para acabar con esos focos ilegales de producción de droga. No se entiende que no hayan sido desmantelados todavía. Deje usted de pagar una multa de tráfico y verá cómo le embargan su cuenta. Segundo, para actuar como responsables civiles de población en riesgo, de los más vulnerables, opción esta sin la que dejamos el campo expedito para la selva. Y tercero, por cuestión de simple humanidad, rasgo tan en retroceso entre nuestras sociedades como los glaciares en el Pirineo. Hace poco más de un año, quien fuera catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad del País Vasco, Aurelio Arteta, publicó el ensayo ‘La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha’ (Los libros de frontera), en donde viene a subrayar que el problema de las personas (comunidades, grupos, etc.) solas está en que los demás las hemos dejado en esa condición: solas, a la deriva, dejadas a su suerte. Nosotros diríamos “de la mano de Dios”, que es una forma de añadirle el sustrato compasivo. Sin embargo, Arteta incide en que la compasión, en realidad, es una virtud de fuertes (moralmente, no se me vengan arriba los búfalos) y no de débiles, fundada en la conciencia plena de la dignidad del otro y advierte frente a la creciente falta de compasión, de piedad, en la actual manera de hacer política, donde se antepone el partido a todo lo demás, o en ese nacionalismo retrógrado independentista que hace ver a sus devotos que gozan de unos pretendidos derechos superiores a los de los demás. El diagnóstico, en definitiva, es claro: la indiferencia ante el dolor ajeno es la falta de piedad, la falta de compasión. Y de eso sobra en la Cañada Real y en tantos otros agujeros negros de la indignidad humana en el planeta, en los campamentos para inmigrantes de Arguineguín, en Moria… Pero también en nuestro trato en el día a día, con búfalos y bisontes que miran en metros y autobuses a quienes no lucen su misma cornamenta. Y, en fin, también cuando se quiere realizar una simple domiciliación bancaria de un recibo. José Lorenzo

domingo, 10 de enero de 2021

EMBARRADOS


Dicen que este año ha sido para olvidar. Una pandemia, lutos, confinamientos, soledades, crisis material y anímica. Mejor pasar página y empezar de nuevo. Como cuando se te bloquea la computadora y la apagas para volver a reiniciar. Yo, como pienso que el tiempo es sagrado, no quiero olvidar. Aunque esté un poco prohibido quiero abrazar: abrazar los silencios, las perdidas, los gestos altruistas, la debilidad, la poesía. Sí, la poesía. Durante estos días ha habido mucha poesía. Gente que ha escrito jirones de piel y de sangre. Miradas, por encima de esa mascarilla, que desnudan el alma. Cuentos para los niños que han aprendido que su reinado es tan frágil como sus juguetes. Hemos salido a la puerta para descubrir que somos vulnerables, que nos necesitamos, que Dios es y eso basta. Nos hemos embarrado manchándonos las manos y los pies, con noches en vela, adictos a alguna serie o algún videojuego que narcotizase nuestra realidad. Embarrados de muerte y de vida. Chapoteando por los charcos de los miedos, de las insolencias, con un poquito de locura y con un mucho de ternura. Bebiéndonos a tragos el licor que destila del cielo como una nieve bendita y penetrante. No quiero olvidar las llamadas, medicina en forma de presencia. Los recaderos que han volado sobre sus pies para adornar la puerta de alguna abuelilla. Los que se han visto desbordados en hospitales, cargos públicos, cuidados, tareas de limpieza. Los que no han faltado con un buenos días en la caja de los supermercados. Embarrados por los que se han ahogado en sus arenas movedizas de prejuicio, de autosuficiencia, de poder y de rencor. No quiero olvidar, no debo olvidar… Al fin la vida es esto: un estar de paso, un aprendizaje, un despertar. Reiniciemos, sí, pero sin borrar nada, que el barro también forma parte del camino.



jueves, 7 de enero de 2021

La puerta santa

El día 31 de diciembre por la tarde asistí por en televisión a la apertura de la puerta santa de la catedral de Santiago de Compostela, dando así inicio al Año Santo Compostelano. Muchos de nosotros tenemos la entrañable experiencia de caminar a lo largo del camino desde St Jean Pied de Port a Compostela. Experiencia que permanece imborrable y ha marcado muchos de nuestros mejores días y recuerdos. Este año de silencios, reclusión, desconcierto y reflexión nos ayuda a comprender mejor la importancia de una peregrinación desde un punto de vista personal, con una meta llena de sentido y un recorrido en el que somos capaces de conocernos mejor y de aceptar con sencillez nuestras limitaciones y capacidades. Este año, además, nos topamos con los colores primarios de un Pórtico de la Gloria reconvertido en una recomposición de fe gloriosa, de unos ángeles llenos de vida luminosa y juguetona, unos apóstoles a los que el colorido ha dotado de expresión y determinación risueña, y a un Cristo dominador y misericordioso. Atravesar esta puerta supone llegar a la meta ansiada, vernos envueltos por los olores purificadores del botafumeiro y sentirnos preparados para abrazar devotamente al apóstol tan vecino a Cristo. En cada inicio de un camino personal admitimos, de hecho, que la vida se nos entrega vacía, para que con esfuerzo, amor y fe seamos capaces de elaborar nosotros mismos, con los mimbres que tenemos, un sentido motivador, gozoso y excitante, para ella. Por brillante que sea el mensaje recibido, no nos sirve si no lo hacemos nuestro. Nuestra historia como la de la comunidad creyente es la de un camino que se recorre siempre atentos a nuestros cambios interiores y exteriores, rompiendo rutinas, buscando siempre, encontrando a Dios y al hermano. Juan Mari Laboa

martes, 5 de enero de 2021

VACACIONES EN ROMA

A partir del título, me parece que los lectores de estas líneas se van a dividir en tres: los que envidian la suerte de quien puede coger vacaciones en Roma en pleno curso; los que piensen que menudo disparate viajar a Italia corriendo el riesgo de pillar el coronavirus y los que han asociado el título con aquella película de los años 50 con Audrey Hepburn y Gregory Peck de protagonistas, montados en Vespa por las calles de Roma. Imagino que los de este último grupo no son muchos, pero aciertan con lo que quiero contar hoy. Hace justo un año que pasé unos días en Roma acompañando un retiro del grupo internacional de hermanas jóvenes que se preparaban a la profesión perpetua y, como me sobraba tiempo, estuve visitando casas que eran antes de mi congregación y que han pasado ya a otras manos. Fui a la antigua casa madre, un caserón rodeado de un inmenso parque en una zona señorial: ahora pertenece a la universidad de Roma. Luego fui a la Trinidad del Monte, con sus torres majestuosas dominando las escalinatas que arrancan de la Plaza de España: es una propiedad del gobierno francés que habitamos nosotras durante un siglo pero que, al no poder ya hacernos cargo de ella, ha pasado a la comunidad del Emmanuel. Por el camino me comí un trozo de pizza en un puesto de la calle y acabé mi periplo en nuestra vieja casa del Trastévere que es ya la única que tenemos en Roma, bastante desportillada y necesitada de arreglos. Y al llegar allí, tuve visitas: llegó Madame Grandeur confesando con humildad que su tiempo había pasado y que retiraba a un balneario; llegaron también Mademoiselle Petitesse, acompañada de su prima hermana, la Srta. Disminución: traían maletas, anunciando una visita de larga duración. Como era de esperar, asomaron también las narices otros visitantes indeseables: Mari-ay-que-pena y Mari-ay-que-lástima, agarradas del brazo de Don Hilarión el Nostálgico, como en la verbena de la Paloma. Intentaron liarme con sus lamentos pero, en vista de que no hacía caso, se retiraron por el foro. Llegó también la pareja protagonista de la película, trayéndome de regalo un soplo de frescura y de libertad y por la tarde, al encontrarme en la oración con el pequeño grupo de hermanas (9 ahora, 60 en mi tiempo…), agradecí en secreto y en su nombre la posibilidad que tienen hoy de vivir ligeras de equipaje. A través de decisiones costosas, discutidas y discutibles, de ensayos y errores y de aceptación de los cambios que va imponiendo la vida, se va haciendo posible el dejarles como herencia lo más vivo del carisma, sin obligarlas a vivir mirando atrás, sin agobiarlas con la carga de sostener unos edificios y unas obras que sirvieron en otra época, pero que hoy son inviables. Ellas no lo sabían, pero yo las estaba viendo transitar ágiles y libres por la vida. Como si fueran en Vespa. Dolores Aleixandre RSCJ

ÉL, QUE VIENE


Desde que falleció mi padre he hecho algunos viajes, muchos de ellos con mi madre. Hemos podido disfrutar y compartir un te en las puertas del desierto; gozar de la naturaleza como regalo que es de este Dios que se derrama y canta en los manantiales o en las arboledas; escuchar los coros monocordes en algún monasterio ortodoxo; navegar por ese recóndito paraje en aquel rio que se asemeja al rio de la vida; ver monumentos o construcciones que son patrimonio de la humanidad y nos han recordado que las manos del ser humano son la extensión de esa maravillosa obra creadora de Dios. Pero todos estos viajes siempre han supuesto un espejo para poder disfrutar del verdadero viaje: el viaje de hacer camino juntos, de crear lazos, de ser familia. Nuestra última excursión ha sido al hospital. Con el visado de la pandemia y una cabeza que cada vez deja menos espacio a los recuerdos y mas espacio a los cariños. Hemos disfrutado de la caricia fraterna de auxiliares, médicos, enfermeras. Los ojos se nos han llenado de dolor y de calor. Noches de insomnio entre cables, pañales y mascarillas. Los últimos viajes siempre son los mejores, los que te marcan los recuerdos mas profundos, los que te llevan a transcender y a agradecer. Mi madre se ha recuperado, hemos tenido una prorroga en este “partido”. Pero cada día sigue siendo una oportunidad para viajar: la sonrisa en la mirada, la música del corazón, la preocupación entre los vecinos, la espontaneidad de los niños, los miedos compartidos. Como decía un buen amigo cantautor: “la unidad de tiempo, no son los años que vivas, es el amor que has puesto en ellos”.

Tiempo de Navidad, tiempo extraño, tiempo nuevo. Tiempo de reír, tiempo de llorar. Tiempo para hablar, tiempo para callar. Tiempo de morir, tiempo de vivir. Tiempo para creer, tiempo para esperar. Este viaje continua y Él sigue viniendo y quiere hacerlo contigo. Deja que llene tu casa de luz… “aunque es de noche”.




lunes, 4 de enero de 2021

EL DIA DE LOS INOCENTES

Las bolas de colores, el muérdago navideño (¡este año sin beso!), el abeto, los turrones, las uvas… Todo ello decora la Navidad, y el 28 nos encontramos con otra tradición: los muñequitos de papel. Bueno, no sé si aún se sigue llevando esa broma tan antigua o si las bromas están más presentes hoy en día en las redes sociales… Este año escuchaba una reflexión que me hizo pensar… Llega el hijo de Dios, se hace carne, los pastores lo adoran y los Sabios de Oriente también, y en estos momentos que todo el mundo espera Paz y Amor, Felicidad y Esperanza, es cuando celebramos el 28 de Diciembre, “el día de los Inocentes” para conmemorar la matanza de miles de bebés y la consiguiente huida a Egipto de la Sagrada Familia. Llega el ansiado Mesías y un par de días después… ¡el desastre! ¡Como si un equipo fichara a Messi y al año siguiente descendiera a Segunda! O peor todavía, como si la ansiada vacuna tuviera efectos secundarios aún peores, como lo que pasó en su día con la talidomida (¡Dios no lo quiera!). Desgraciadamente, el día de los inocentes sigue celebrándose a diario “sin poder huir a Egipto”, con millones de “muñequitos de papel” tan frágiles que no tienen voz, que no son tenidos en cuenta, que mueren a diario con la complicidad de sus padres, de los médicos que en esta ocasión no son héroes ni salvan vidas, con el aplauso desde los balcones de una Sociedad que, alentada por sus Gobernantes y ciertos Lobbies, anima a que siga adelante esta matanza como Herodes animaba a sus soldados para que “cumplieran con su deber”. Hoy en día no se habla de otra cosa más que de la Pandemia. Casi 2 millones de fallecidos desde que se inició hace ya un año. Un número monstruoso, pero mucho menor que los 50 millones de bebés asesinados cada año en un mundo que no tiene vacuna para remediar esta otra Pandemia. O si la tiene, pero no la usa… En su recuerdo, las palabras del Profeta Jeremías: «Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven». Aquellos inocentes, hace 2.000 años, tenían quien llorara por ellos y quien rezara por sus almas. Dios se apiade de estos otros inocentes, y de todos nosotros.