martes, 9 de febrero de 2021

LA PEQUEÑA MUÑECA

Algo causa revuelo dentro del templo: una chica joven camina de un lado a otro preguntando. Se interesa por las capillas de los Santos, por lo que es importante y lo que no, por lo sagrado y lo anecdótico. De vez en cuando hinca su rodilla en el suelo como en un gesto de adoración. Detrás de su mascarilla se intuye una sonrisa y sus ojos bailan como en una opereta de Offenbach. Algún amigo ríe a su lado, la mira como a una loca, y le sigue el juego. Me dice que es rusa y bajo su escueta falda y su abrigo se percibe un alma llena de sed. Al final llega la pregunta: ¿y Dios? No da nada por supuesto y, aunque está en una Iglesia, se pregunta por Dios. Muchos entran y salen del templo sin hacerse esta pregunta, incluso de los que vienen cada semana. Le señalo el Sancta Sanctorum donde le veneramos y luego le digo: “y en ti, y en tu amigo, y en mi…” Vuelve a sonreír debajo de la mascarilla. Uno aprende a leer las comisuras de los rostros en este tiempo complejo. Su compañero me confiesa que desde pequeño ha ido a colegios religiosos. No me ha preguntado nada, tampoco por Dios. Ella sin embargo, como esas Matrioskas de su país, ha ido liberando capas para descubrir un interior lleno de vida. Sin pudor vuelve a hincar la rodilla y se santigua tres veces en orden inverso al nuestro (lo que se ha mamado no se olvida). Sale por el pasillo central como en una danza del Lago de los Cisnes: Pies ligeros, manos al aire, luz en los gestos. Vuelve al bar de enfrente. Se enfunda otra vez las capas que protegen del frio y de los miedos. Todo parece más fácil detrás de una copa y de un cigarro. Pero que belleza poder visitar de vez en cuando el templo de enfrente, el templo interior, donde poder mostrarte así, con la libertad y la humildad del que busca y se siente buscado.



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