lunes, 5 de abril de 2021

Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…

Estaban subiendo. Lo sabía él y lo sabían los discípulos que le acompañaban. El paisaje familiar de Galilea se iba quedando atrás y la fatiga de la subida pesaba ahora sobre sus cuerpos cansados; lo sabían sobre todo por la inquietud que llenaba sus corazones de oscuros presagios. El Maestro se había puesto en cabeza y caminaba con paso rápido; ellos iban detrás más lentamente, como si quisieran retrasar el momento de la llegada. Mientras subía, Jesús era consciente de que, una vez más, la contradicción y la paradoja estaban rozando su vida. Había intentado infinitas veces enseñar a sus discípulos a “bajar”, a sospechar de su deseos de ascenso y dominación y a elegir en cambio los lugares de abajo, allí donde se mueven y habitan los que carecen de poder y significatividad, los que parecen haber nacido para cargar con los pesos de otros. El tema del descenso aparecía una y otra vez en sus palabras y, sobre todo, en su vida: en medio de un mundo en el que casi todos ambicionaban estar arriba, él, calladamente, había decidido plantar su tienda en dos lugares “de abajo”, en dos pequeños pueblos tan perdidos como Belén y Nazaret. Conocía de primera mano lo que era vivir “fuera”, incardinado entre aquellos que ni entonces ni ahora tienen sitio en las posadas del mundo. Para él ninguna herida era incurable y ninguna brecha irremediable y su poder de sanar y transfigurar los alcanzaba en lo más hondo del abismo. Ahora, en aquel lugar encumbrado, en la altura del Templo, en la Jerusalén situada en lo alto del monte Sión, a él le esperaba un huerto en lo más hondo del torrente Cedrón, los sótanos de los palacios de Caifás y Pilato, un montecillo fuera de las murallas donde crucificaban a los malhechores, un sepulcro excavado en una cueva. Subían, pero él era consciente de que había emprendido su último descenso.

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