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lunes, 5 de abril de 2021

FUGITIVAS (Y FUGITIVOS)

"Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo..." El final del evangelio según Marcos es así de abrupto. No acaba como los otros con apariciones del Resucitado, envío de los Doce o palabras de consuelo y debió resultar tan chocante para las primeras comunidades, que le añadieron un final menos desconcertante. Sin embargo, bajo la cáscara amarga del final primitivo, esas mujeres fugitivas son una almendra a saborear: habían acudido siguiendo la costumbre de lo conveniente y adecuado, pero nada sucedió como esperaban: por mucho que madrugaron, ya el sol se les había anticipado; se preguntaban cómo iban a mover la piedra y la piedra estaba ya corrida; llevaban perfumes para embalsamar un cadáver, pero el lugar estaba vacío; buscaban a un crucificado y les anunciaron a un Viviente. Nadie acogió los perfumes de sus manos: se los cambiaron por una misión confiada a sus voces, hasta entonces silenciadas. El lugar cerrado se había convertido en un espacio abierto que debían abandonar y no volver a rondar nunca más: era en Galilea donde él iba a preceder a los suyos. En lugar de un cuerpo, habían recibido una palabra, ya no podían seguir estando en los lugares que antes frecuentaban. Estaban enfrentadas a un acontecimiento inesperado e inaudito que sobrepasaba todas sus capacidades. Por eso reaccionaron con estupor y sobrecogimiento, lo mismo que Pedro, Santiago y Juan cuando Jesús se transfiguró en el monte ante ellos; lo mismo que los discípulos después de la tormenta en el lago, o los que vieron en pie a la hija de Jairo. Lo mismo que las mujeres, escuchamos hoy el mismo anuncio: “Ha resucitado, no está aquí. Mirad el sitio donde le pusieron” y estamos convocados a hacer lo que ellas hicieron - convertirse en fugitivas- y escapar de tumbas tan vacías como estas: La tumba de la inocencia perdida, aquella dulce ignorancia que nos protegía en aquel tiempo añorado de la “normalidad”, cuando vivíamos ajenos a la realidad de que éramos tan vulnerables y nuestra especie estaba tan amenazada; cuando dábamos por supuesto que se nos iba a impedir reunirnos, abrazarnos o marcharnos a la segunda vivienda; cuando imaginábamos que los viejecitos estaban cuidados y a salvo en sus residencias; cuando la mascarilla de los chinos nos parecía una costumbre exótica suya, lo mismo que comer pangolín que, gracias a Dios, aquí no tenemos; cuando nos parecía que lo del IMV era para los pobladores de la Cañada Real, pobrecillos; cuando pensábamos que de la precariedad de los temporeros y de su hacinamiento, ya se ocupaban las inspecciones de trabajo; cuando al oír “colas del hambre” pensábamos que era una serie distópica de Netflix. Se nos han caído muchas vendas de los ojos y tiritamos a la intemperie, pero la lucidez es mejor que el engaño y con la verdad viene la libertad, como dicen que decía Jesús. La tumba de los Desalentados sin fronteras, ese depósito de tinta de calamar que vamos expandiendo a diestro y siniestro mientras avanzamos como los zombies de The Walking dead: “lo dije desde el principio: nadie aprenderá nada de la crisis”, “ya es tarde para frenar el cambio climático”, “no hay solución para tanto desastre”, “¿Fratelli tutti? Pura utopía”, “¿qué te apuestas a que va a llegar la cuarta ola?”, “dicen que para las nuevas cepas del virus no sirve la vacuna…” La tumba del solo “devote”. Cuesta ponerlo en relación con las tumbas porque, de entrada, es una alegría el auge de la adoración eucarística, escuchar de nuevo el “Adorote devote” y ver a gente joven de rodillas y en silencio ante la custodia. Pero precisamente por ser algo precioso hay que salvarlo de derivas peligrosas: que el “adorote” se quede solo en el “devote; que algunos celebrantes compitan en ver quién resiste más tiempo en la elevación; que el movimiento de adoración y de mirar a Jesús, no nos encienda el deseo urgente de vivir como él una vida “ex-puesta”; que su Presencia, tan accesible y disponible en la simplicidad del pan, no nos contagie su pasión por el derecho de cada ser humano a comer y a vivir; que no se prolongue en forma de conciencia inquieta por las desigualdades pavorosas acentuadas por la pandemia; que se convierta en una burbuja insonorizada al viento del Espíritu y nos asfixiemos con el humo del incienso. Son tumbas “de rabiosa actualidad” y hay que escapar de ellas a toda prisa dejando, eso sí, los sudarios cuidadosamente doblados. Leamos hasta el final el evangelio de Marcos porque ahí se hace posible la coincidencia entre la condición de mujeres fugitivas con la de discípulos convocados. Y como alegría extra, una fantástica propina de este año al Notición de Pascua: se ha levantado el corte perimetral y podemos viajar libremente a Galilea.

Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…

Estaban subiendo. Lo sabía él y lo sabían los discípulos que le acompañaban. El paisaje familiar de Galilea se iba quedando atrás y la fatiga de la subida pesaba ahora sobre sus cuerpos cansados; lo sabían sobre todo por la inquietud que llenaba sus corazones de oscuros presagios. El Maestro se había puesto en cabeza y caminaba con paso rápido; ellos iban detrás más lentamente, como si quisieran retrasar el momento de la llegada. Mientras subía, Jesús era consciente de que, una vez más, la contradicción y la paradoja estaban rozando su vida. Había intentado infinitas veces enseñar a sus discípulos a “bajar”, a sospechar de su deseos de ascenso y dominación y a elegir en cambio los lugares de abajo, allí donde se mueven y habitan los que carecen de poder y significatividad, los que parecen haber nacido para cargar con los pesos de otros. El tema del descenso aparecía una y otra vez en sus palabras y, sobre todo, en su vida: en medio de un mundo en el que casi todos ambicionaban estar arriba, él, calladamente, había decidido plantar su tienda en dos lugares “de abajo”, en dos pequeños pueblos tan perdidos como Belén y Nazaret. Conocía de primera mano lo que era vivir “fuera”, incardinado entre aquellos que ni entonces ni ahora tienen sitio en las posadas del mundo. Para él ninguna herida era incurable y ninguna brecha irremediable y su poder de sanar y transfigurar los alcanzaba en lo más hondo del abismo. Ahora, en aquel lugar encumbrado, en la altura del Templo, en la Jerusalén situada en lo alto del monte Sión, a él le esperaba un huerto en lo más hondo del torrente Cedrón, los sótanos de los palacios de Caifás y Pilato, un montecillo fuera de las murallas donde crucificaban a los malhechores, un sepulcro excavado en una cueva. Subían, pero él era consciente de que había emprendido su último descenso.

domingo, 28 de febrero de 2021

POLARIDADES

Según el diccionario, polaridad “es la condición de lo que tiene propiedades o potencias opuestas, en partes o direcciones contrarias”. Lo de direcciones contrarias nos suena bastante porque seguramente nos habrán acusado más de una vez de comportarnos de manera contradictoria y otras muchas, a regañadientes, hemos tenido que reconocer que era verdad. Consuela un poco que le pasara también a san Pablo cuando decía que no sabía los que le pasaba: en vez de hacer lo que quería, hacía justamente lo contrario (Cf Rom 7, 15). La culpa – decimos- es de esos polos enfrentados que tiran de nosotros en direcciones opuestas y nos llevan a decir por ej.: “yo soy de los convencidos de las bondades del madrugar pero, cuando suena el despertador, pienso ¡cuántos beneficios tiene también el sueño!”. “Soy defensor acérrimo de lecturas serias y profundas y prefiero los documentales de la 2, pero, claro, necesito también distenderme y por eso me engancho a las series de Netflix…”. “El colesterol disparado me ha hecho decidir un cambio en mis hábitos de alimentación, pero tampoco voy a hacerle un feo a mi cuñada que ha traído esta sobrasada de Mallorca… ”.“Ya sé que la oración es importantísima, pero es que no quiero evadirme de la realidad y para no correr ese peligro, nunca le dedico tiempo…” Antes de llegar a amargas conclusiones sobre la condición humana en general y la propia en particular, conviene leer en Marcos 6, 30-52 cómo armonizaba sus polaridades el que era “igual a nosotros menos en el pecado…”, pero tan bipolar como el que más (el calificativo es de González Faus, no mío). Ocurre después del signo de los panes (¿quién habla de multiplicación?). No había sido una operación tipo “buffet libre para todos”, sino una señal enigmática a conservar en la memoria para seguir haciéndose preguntas: qué pan es este que falta, pero que no se compra; que hay que ofrecer aunque sea insuficiente; que está vinculado a “lo de arriba” a través de la bendición; que no se agota aunque se reparta sin medida. Inmediatamente después Jesús “obligó a sus discípulos a embarcarse y a ir delante a la otra orilla y, después de despedir a la gente, subió al monte a orar” (Mc 6,45). Hay un matiz claro de urgencia y de cierta precipitación en su manera de actuar, como si le apremiara el deseo de quedarse solo: uno de sus polos – el de su relación secreta con el Padre - tira de él de manera irresistible y él cede a esa atracción, sube al monte y se pone a orar. Pero después su otro polo, el que le atrae hacia nosotros, “se activa” y le hace mirar desde arriba y desde lejos la barca en la que sus amigos reman trabajosamente con viento contrario. Y entonces deja la oración y baja del monte para ir a su encuentro con aquella extravagante ocurrencia de “caminar sobre el agua” y decirles: “No tengáis miedo, soy yo”. Ya está de nuevo con ellos, ya ha retomado su lugar familiar y “el viento se calmó”. No es una precisión metereológica, sino una manera de decir que las oposiciones han quedado reconciliadas y los contrarios armonizados. Que cuando “el Bipolar” oraba, no desenganchaba la atención hacia su gente; que era precisamente subir al monte lo que le daba mejor perspectiva para contemplarlos. Que el Distante – apartado y a solas- , seguía siendo el Atento, el Cercano, el Amigo que no se desentendía. Cuánta falta nos hace aprenderlo.

domingo, 24 de enero de 2021

CONTRASEÑAS, ESA PESADILLA

“La contraseña que has introducido es incorrecta”, “¿Te has olvidado de la contraseña?”, “Repite la contraseña”, “La contraseña tiene que contener algún número y alguna mayúscula”, “No coinciden las contraseñas”, “Contraseña débil”. “Cambia tu contraseña”. Casi cada día nos llega algún aviso de ese tipo y es que las contraseñas se han convertido en una de las penitencias de este tiempo, con funciones parecidas al cilicio y los ayunos de antes. Cumplen su encargo penitencial de recordarnos qué poca cosa somos y ponen en evidencia nuestra falta de memoria, o de imaginación, o nuestra torpeza informática (“Ni idea de la contraseña que puse”, “¿Dónde la habré apuntado?”, “No se me ocurre ninguna”, “¿Por qué demonios tengo que volver a cambiarla…?”) Un dato a su favor es que están presentes en el Evangelio: en la nochebuena de Belén el ángel les dio una a los pastores: “un niño envuelto en pañales” y Judas había pactado la del beso con los que querían detener a Jesús en el Huerto. Otras son más siniestras: la que dio comienzo a la segunda guerra mundial fue: “La abuela ha muerto”, y con “El 17 a las 17” empezó la guerra civil española. Como nos recomiendan que de vez en cuando cambiemos las contraseñas, Enero puede ser un mes oportuno para hacerlo porque quizá algunas están caducadas aunque nos empeñemos tercamente en repetirlas. A la gente de mi generación nos daban unas cuantas muy claritas al entrar en el convento y nos agarrábamos a ellas con fervor de novicios: “obediencia a la campana”, “respeto a la Maestra”, “clausura y separación”, “observancia de la Regla”, “pedir permiso”, “recogimiento y silencio”… El Concilio nos las hackeó y tuvimos que cambiarlas precipitadamente, tratando de sobrevivir al caos. Con tiempo, paciencia, búsqueda, buena voluntad, tropezones y aciertos, hemos ido escribiendo otras nuevas: “escuchar y discernir”, “caminar con otros”, “entrar en procesos”, “vivir desde dentro” “recrear vida”, “resistir y reinventar”, “vivir lo cotidiano”… Francisco en la Fratelli tutti nos propone algunas preciosas: “construir en común”, “recuperar la amabilidad”, “recomenzar desde la verdad”, “reconocer al otro”, “encarnarse en todos los rincones”, “lugar para los descartados”, “artesanos de la paz…” De todas maneras reconozco que a estas alturas de mi vida estoy ya un poco cansada de tanta exhortación y tanta consigna y he decidido apuntarme, con traducción personalizada, a lo que decía Pedro en el comienzo de Hechos: “Jesús es la contraseña que vosotros olvidasteis: ahora es ya la única. La salvación está solamente ahí y ya no tenemos otra contraseña diferente que debamos pronunciar para salvarnos” (He 4, 11-12). Añado: incluyendo el número 1 y todo con MAYÚSCULAS. Dolores Aleixandre

martes, 5 de enero de 2021

VACACIONES EN ROMA

A partir del título, me parece que los lectores de estas líneas se van a dividir en tres: los que envidian la suerte de quien puede coger vacaciones en Roma en pleno curso; los que piensen que menudo disparate viajar a Italia corriendo el riesgo de pillar el coronavirus y los que han asociado el título con aquella película de los años 50 con Audrey Hepburn y Gregory Peck de protagonistas, montados en Vespa por las calles de Roma. Imagino que los de este último grupo no son muchos, pero aciertan con lo que quiero contar hoy. Hace justo un año que pasé unos días en Roma acompañando un retiro del grupo internacional de hermanas jóvenes que se preparaban a la profesión perpetua y, como me sobraba tiempo, estuve visitando casas que eran antes de mi congregación y que han pasado ya a otras manos. Fui a la antigua casa madre, un caserón rodeado de un inmenso parque en una zona señorial: ahora pertenece a la universidad de Roma. Luego fui a la Trinidad del Monte, con sus torres majestuosas dominando las escalinatas que arrancan de la Plaza de España: es una propiedad del gobierno francés que habitamos nosotras durante un siglo pero que, al no poder ya hacernos cargo de ella, ha pasado a la comunidad del Emmanuel. Por el camino me comí un trozo de pizza en un puesto de la calle y acabé mi periplo en nuestra vieja casa del Trastévere que es ya la única que tenemos en Roma, bastante desportillada y necesitada de arreglos. Y al llegar allí, tuve visitas: llegó Madame Grandeur confesando con humildad que su tiempo había pasado y que retiraba a un balneario; llegaron también Mademoiselle Petitesse, acompañada de su prima hermana, la Srta. Disminución: traían maletas, anunciando una visita de larga duración. Como era de esperar, asomaron también las narices otros visitantes indeseables: Mari-ay-que-pena y Mari-ay-que-lástima, agarradas del brazo de Don Hilarión el Nostálgico, como en la verbena de la Paloma. Intentaron liarme con sus lamentos pero, en vista de que no hacía caso, se retiraron por el foro. Llegó también la pareja protagonista de la película, trayéndome de regalo un soplo de frescura y de libertad y por la tarde, al encontrarme en la oración con el pequeño grupo de hermanas (9 ahora, 60 en mi tiempo…), agradecí en secreto y en su nombre la posibilidad que tienen hoy de vivir ligeras de equipaje. A través de decisiones costosas, discutidas y discutibles, de ensayos y errores y de aceptación de los cambios que va imponiendo la vida, se va haciendo posible el dejarles como herencia lo más vivo del carisma, sin obligarlas a vivir mirando atrás, sin agobiarlas con la carga de sostener unos edificios y unas obras que sirvieron en otra época, pero que hoy son inviables. Ellas no lo sabían, pero yo las estaba viendo transitar ágiles y libres por la vida. Como si fueran en Vespa. Dolores Aleixandre RSCJ