sábado, 6 de noviembre de 2021

COMO UN VOLCÁN

 


Todos nos hemos visto sobrecogidos por las hipnóticas y devastadoras imágenes del volcán de La Palma. Una vez más la naturaleza marca un ritmo que nos deja a contrapié. Casas sepultadas, plantaciones arrasadas, proyectos de vida e historias quebradas por una tierra que ruge y escupe toda su energía y su furor. En la boca de muchos palmeros, además de las lágrimas y del dolor, un mantra repetido: tenemos que mantener la fe y la esperanza. Cuando nos quedamos sin nada queda lo esencial. Transcender y transcendernos; descubrir que “somos” con, por y para los otros; solidarizarnos, empatizarnos y creer. Estamos saliendo de una pandemia, recuperándonos de Filomena, viendo pasar gotas frías con más frecuencia. Parece que hay una voz que se empeña en traernos del lado de la humildad. Tal vez sea tiempo para construir algo nuevo, no algo de masas, ni por decreto, ni sujeto a ideologías rancias o prejuicios frentistas. Algo que nace de lo pequeño, como el grano de mostaza. Algo que está dentro de ti y que quiere despertar como un volcán.





miércoles, 6 de octubre de 2021

AMIGO

 


Amigo es una palabra muy grande, muy bella, muy del evangelio. A veces llamamos amigos a gente conocida, a compañeros de trabajo, a cómplices de diversión. Algunos lo son, la mayoría no. La amistad, como todo lo bueno y valioso de la vida, es un regalo. Cuando nos hacemos regalo para los demás sembramos amistad. Hay gotas de agua que riegan esta planta: la confianza, la disponibilidad, el equilibrio, la aceptación, la discreción, la prudencia, la generosidad. El amigo tampoco es el omnipresente, (hoy los jóvenes dirían "amigo especial" o "mejor amigo"), sino el que, como la luna, sabe brillar y ocultarse pero siempre está. No es de extrañar tener presente hoy esa frase tan repetida: “Quien tiene un amigo tiene un tesoro”. Hoy quiero agradecer de corazón la amistad de alguien que ha sido un verdadero tesoro, (y seguirá siéndolo), para Madrid, para Cáritas, para la Iglesia y para nuestro mundo tan necesitado de amigos, de regalos y de luz. He aprendido mucho, y espero seguir aprendiendo, con rostros diferentes, haciendo camino, equivocándonos y acertando, pero siempre enriqueciéndonos.

Esta es la diferencia: ser capaces de marcar la diferencia en el ser y en el hacer. Por lo recorrido y lo que nos queda: ¡Gracias!

A Javier




martes, 29 de junio de 2021

MESA CAMILLA

 


Amiga siempre voy a recordarte. Tu lenguaje era el lenguaje de un tal Jesús, sencillo, que se servía de cuentos y pequeñas historias para ponerlo al alcance de todos. Como te gustaba decir: “un Dios de mesa camilla”. Un café, un trocito de pastel compartido, un vasito de vino dulce ¿qué puede ser más divino? Claro que encontramos la presencia sagrada en la Iglesia y en el templo, pero tú encontrabas rastros de ella en la sala de espera de una peluquería, junto a las revistas del corazón, en el descansillo de tu casa. Conseguías ese milagro de la verdadera comunicación, mirar lo que se esconde debajo de la piel, tocar el centro y prender la llama. Recuerdo cómo te ilusionabas con las aulas de cultura haciendo que cada mujer se sintiese especial y viva. Pero lo que principalmente te provocaba eran los desafíos y los retos: asomarte a la Casa de Campo para mirar a los ojos a esas chicas de la carretera; acompañar la soledad de las pérdidas o de las familias; derramar tu tinta como un calamar que lanza chispas de luz hacia el alma. Hay gente especial como tú. Bueno tú dirías que todos somos especiales, el arte está en saber descubrirlo y ponerlo en valor. Compañera de camino, es una suerte haber compartido tantas mesas camillas contigo. Eres afortunada. Ahora estarás bromeando con algunas de tus chicas, con un café (en el cielo tiene que haber café), y jugando a las cartas con Dios. No nos olvides, sigue ayudándonos a saber mirar, a encontrar lo divino en la peluquería, en el supermercado, en la puerta del vecino, en cada atardecer. Gracias.

 

A Mari Patxi



domingo, 30 de mayo de 2021

CARI

 Celebramos este día tan bonito y especial en la Iglesia, el día de Caridad. Pan partido, alimento de fraternidad. Y me viene a la cabeza mi amiga Cari, que así se llamaba, mujer recia, siempre sonriente, con luz en la mirada. Su silla de ruedas nunca fue un impedimento para moverse y para mover corazones. Pendiente de cercanos y lejanos, consciente de que una llamada, en ciertas ocasiones, puede aliviar el dolor o hacerte compañía. Su esposo también con limitaciones físicas pero con un alma misionera. Con razón el grupo en el que participaban se llamaba “fraternidad”. Escuchar como hermanos, mirar como hermanos, soñar como hermanos, tratar como hermanos. Una tarea siempre pendiente y tan urgente en este tiempo de discursos gruesos y en el que resulta más sencillo insultar, despreciar, ignorar o cosificar a las personas. A veces la enfermedad, el dolor, ayudan a entender mejor. Cari siempre sorprendía. Cocinando con cariño, compartiendo mesa y pan. No hacía falta avisar. ¿Te quedas a comer? Una partida de ajedrez, un ratito de televisión, una oración juntando nuestras manos. La vida es más amable con casas abiertas, con parábolas de vida, con fraternidad hecha carne. Si todos los que decimos creer en Jesucristo dejáramos de discriminar entre prójimos, “porque si sólo amas al que es tu amigo, ¿en que te diferencias del que no cree?”

Cari fue una estrella de luz. Sus mejillas sonrosadas hablaban de Dios. Nunca faltó licor de alegría y de ternura en sus ojos. Ellas son las que transforman nuestro pequeño mundo.




sábado, 24 de abril de 2021

SOLEDAD

 “Y de todas las formas, al fin y al cabo, solo como al principio.” Podría haber sido una frase del evangelio por su fuerza y su hondura. Pero es de un conocido cantautor, Hilario Camacho, y me acompaña desde chaval. Vivimos tiempos de soledad, esa soledad que en muchos casos te seca el corazón y la mirada. “Me he dado cuenta de que de las treinta amistades que tenía ninguna era realmente importante”, me decía un joven el otro día. Soledad en el espejo. Soledad en el trabajo. Soledad en el bullicio de los bares, (con o sin mascarilla). Soledad de la televisión y de las aplicaciones de internet. Soledad de los diálogos de familia. Soledad al acostarte. ¿Desgracia u oportunidad? “Y de todas las formas, al fin y al cabo, solo como al principio”. Es tiempo de escucha. Escuchar los ecos de nuestro pecho, la voz de Dios. En la soledad y en el silencio resuenan los latidos de nuestro corazón. Ritmo constante y sereno. Ritmo acelerado o enérgico. Cuando nos adentramos en su danza es como descubrir una compañía: la respiración que se mece bajo los hilos de la eternidad. Poner tu mano sobre las tripas y sentirte. Qué importante es sentirnos. Ahora podemos acompasar nuestros pasos con el latido de la humanidad: con el de tu vecina, con el de tu hermano, con el de tu tendero. Solos pero parte de un conjunto, como una pincelada en medio de este cuadro inmenso y maravilloso. “Y de todas las formas, al fin y al cabo, solo como al principio” O tal vez no.



martes, 6 de abril de 2021

CON LA PRIMERA LUNA DE PRIMAVERA

 El brillo de esa primera luna de primavera anuncia la vida y la resurrección. Cristo ha resucitado en Sevu o en Basile, el capellán de la Fundación Jiménez Diaz o del Hospital de la Princesa, (y otros muchos capellanes), que han dejado tantos gestos de esperanza en enfermos de pandemia, de soledad y de miedo. Ha resucitado en ese grupo de personas que prepara la Iglesia limpiando y recogiendo cada sábado para que el templo esté a punto para todos nosotros cuando llega la semana. Brilla su resurrección en aquellas mujeres y hombres que hacen de la caridad y de cáritas no una palabra si no una mesa compartida, un tiempo para la escucha y para acompañar. Cristo ha resucitado en las familias, catequistas y los niños que cada semana cantan, hablan de Dios, dan palmas y celebran que Jesús es su amigo y compañero. Resucita el Señor en la sonrisa de los jóvenes que leen la palabra, que se divierten y se entregan pensando en un mundo mejor. La resurrección brilla en las hermanas que, con humildad, se preocupan, construyen, consagran sus esfuerzos y sus afectos como el buen samaritano. Resurrección en cada visitador de enfermos o de personas mayores que reciben calor, eucaristía, alimento y cercanía. Cristo ha resucitado en nuestras pobrezas, llenas muchas veces de maquillaje y de mentira, pero siempre acariciadas con ternura por la misericordia de Dios. Resurrección en el que es capaz de dar gratis, de compartir lo poco o mucho que tiene, de mirar a los ojos, de no criticar, de contemplar, de ser constructivo. Ha resucitado en los compañeros que te ven llorar, reír, callar, cantar, que hacen realidad esa fraternidad del padrenuestro. Resurrección cuando se te acaban las palabras, cuando ves la llama apagarse y necesitas volver al fuego primigenio. Ha resucitado en los que se exponen, los que no se conforman, los que no pretenden cumplir un expediente, si no emborracharse de verdad y de vida, y por eso buscan.

Resucito, con la primera luna de primavera. La noche pasada se asomaba en mi ventana y su brillo me despertó. Despertemos. Él ha vencido a la muerte, a las pandemias, al egoísmo, a la soledad, al sufrimiento vacío. Cristo ha resucitado, aleluya, aleluya.  



  

lunes, 5 de abril de 2021

FUGITIVAS (Y FUGITIVOS)

"Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo..." El final del evangelio según Marcos es así de abrupto. No acaba como los otros con apariciones del Resucitado, envío de los Doce o palabras de consuelo y debió resultar tan chocante para las primeras comunidades, que le añadieron un final menos desconcertante. Sin embargo, bajo la cáscara amarga del final primitivo, esas mujeres fugitivas son una almendra a saborear: habían acudido siguiendo la costumbre de lo conveniente y adecuado, pero nada sucedió como esperaban: por mucho que madrugaron, ya el sol se les había anticipado; se preguntaban cómo iban a mover la piedra y la piedra estaba ya corrida; llevaban perfumes para embalsamar un cadáver, pero el lugar estaba vacío; buscaban a un crucificado y les anunciaron a un Viviente. Nadie acogió los perfumes de sus manos: se los cambiaron por una misión confiada a sus voces, hasta entonces silenciadas. El lugar cerrado se había convertido en un espacio abierto que debían abandonar y no volver a rondar nunca más: era en Galilea donde él iba a preceder a los suyos. En lugar de un cuerpo, habían recibido una palabra, ya no podían seguir estando en los lugares que antes frecuentaban. Estaban enfrentadas a un acontecimiento inesperado e inaudito que sobrepasaba todas sus capacidades. Por eso reaccionaron con estupor y sobrecogimiento, lo mismo que Pedro, Santiago y Juan cuando Jesús se transfiguró en el monte ante ellos; lo mismo que los discípulos después de la tormenta en el lago, o los que vieron en pie a la hija de Jairo. Lo mismo que las mujeres, escuchamos hoy el mismo anuncio: “Ha resucitado, no está aquí. Mirad el sitio donde le pusieron” y estamos convocados a hacer lo que ellas hicieron - convertirse en fugitivas- y escapar de tumbas tan vacías como estas: La tumba de la inocencia perdida, aquella dulce ignorancia que nos protegía en aquel tiempo añorado de la “normalidad”, cuando vivíamos ajenos a la realidad de que éramos tan vulnerables y nuestra especie estaba tan amenazada; cuando dábamos por supuesto que se nos iba a impedir reunirnos, abrazarnos o marcharnos a la segunda vivienda; cuando imaginábamos que los viejecitos estaban cuidados y a salvo en sus residencias; cuando la mascarilla de los chinos nos parecía una costumbre exótica suya, lo mismo que comer pangolín que, gracias a Dios, aquí no tenemos; cuando nos parecía que lo del IMV era para los pobladores de la Cañada Real, pobrecillos; cuando pensábamos que de la precariedad de los temporeros y de su hacinamiento, ya se ocupaban las inspecciones de trabajo; cuando al oír “colas del hambre” pensábamos que era una serie distópica de Netflix. Se nos han caído muchas vendas de los ojos y tiritamos a la intemperie, pero la lucidez es mejor que el engaño y con la verdad viene la libertad, como dicen que decía Jesús. La tumba de los Desalentados sin fronteras, ese depósito de tinta de calamar que vamos expandiendo a diestro y siniestro mientras avanzamos como los zombies de The Walking dead: “lo dije desde el principio: nadie aprenderá nada de la crisis”, “ya es tarde para frenar el cambio climático”, “no hay solución para tanto desastre”, “¿Fratelli tutti? Pura utopía”, “¿qué te apuestas a que va a llegar la cuarta ola?”, “dicen que para las nuevas cepas del virus no sirve la vacuna…” La tumba del solo “devote”. Cuesta ponerlo en relación con las tumbas porque, de entrada, es una alegría el auge de la adoración eucarística, escuchar de nuevo el “Adorote devote” y ver a gente joven de rodillas y en silencio ante la custodia. Pero precisamente por ser algo precioso hay que salvarlo de derivas peligrosas: que el “adorote” se quede solo en el “devote; que algunos celebrantes compitan en ver quién resiste más tiempo en la elevación; que el movimiento de adoración y de mirar a Jesús, no nos encienda el deseo urgente de vivir como él una vida “ex-puesta”; que su Presencia, tan accesible y disponible en la simplicidad del pan, no nos contagie su pasión por el derecho de cada ser humano a comer y a vivir; que no se prolongue en forma de conciencia inquieta por las desigualdades pavorosas acentuadas por la pandemia; que se convierta en una burbuja insonorizada al viento del Espíritu y nos asfixiemos con el humo del incienso. Son tumbas “de rabiosa actualidad” y hay que escapar de ellas a toda prisa dejando, eso sí, los sudarios cuidadosamente doblados. Leamos hasta el final el evangelio de Marcos porque ahí se hace posible la coincidencia entre la condición de mujeres fugitivas con la de discípulos convocados. Y como alegría extra, una fantástica propina de este año al Notición de Pascua: se ha levantado el corte perimetral y podemos viajar libremente a Galilea.