Cuando éramos jóvenes nos íbamos de pandemia. Qué tiempos aquellos, con nuestras mascarillas y nuestros geles hidro alcohólicos. Todo eran juegos de miradas, guiños y distancias. A veces me ruborizaba por dentro, que es como ponerte colorado contra la pared. Bailábamos con las manos en la espalda, como los rusos, y esperábamos alguna ocasión para rozarnos sin querer y pedir perdón. Si respiraba muy fuerte se me humedecía el hocico y, no sé porque, me entraban las ganas de reír. La risa también es contagiosa y antes de que cantara el gallo ya estábamos todos riéndonos como locos y bailando con las manos en la espalda. Si éramos demasiados se quedaban en la puerta esperando: uno en el primer piso, otro en el segundo, otro en el tercero, algunos en la terraza que, como estaba al aire libre, permitía más gente. Lo de lavarse las manos era una movida: que ibas a sacar bebida: te lavabas las manos; que ponías la música: te lavabas las manos; que picabas algún canapé: otra vez a lavarte las manos. Eso sí, que bien me olían a ese jabón de lavanda que tanto me gusta, pero como no podía acercarme a nadie solo me daba cuenta yo de la fragancia. Y luego como la cenicienta, a las doce corriendo para casa; yo sí que he perdido algún zapato entre carrera y carrera. Todo lo que cuentan tiene parte de verdad y parte de leyenda. Esto de ir de pandemia tiene su edad y si te descuidas se te pasa el arroz. Muchos han dejado de ir por miedo. Otros ya se tele divierten sin pudor y sin mascarilla. Lo confieso, yo a veces en casa me huelo las manos después de lavarlas con ese aroma de lavanda, me pongo las manos en la espalda y bailo solo hasta humedecer el hocico; entonces rompo a reír como un descosido, que la risa es contagiosa y cuanto la necesitamos.
domingo, 21 de marzo de 2021
Juan del Rio Martín, "Nuevos apuntes para la vida"
Bomba de relojería
domingo, 28 de febrero de 2021
JUGUETE ROTO
¿Quieres jugar? Preguntó su madre con ojos de nube. La niña corría de acá para allá riendo y saltando. Sus piernecitas volaban entre las cajas de leche y un platito de plástico le servía para preparar esas pipas junto a la calefacción: calentitas y sabrosas. Este año los juguetes vienen rotos: una muñeca vieja de trapo, unos puzles incompletos, la cocina estropeada. Pero a la pequeña no le importa, no los necesita, su boca sigue haciendo pedorretas y baila del salón a la cama porque su mejor juguete es la inocencia y la sonrisa. Mama sí siente vergüenza. No por su niña preciosa: cocinera, gimnasta, loquita de la casa; si no por los juguetes rotos. Parece que se nos ha caído el alma y se nos ha olvidado jugar. Bailar con las manos abiertas hacía el cielo, dejarnos empapar por la lluvia y por los charcos, construir una casa de papel o de madera para que nos proteja del miedo. Los que piensan que un niño necesita de “sus juguetes rotos” han perdido el juicio. Somos nosotros los que necesitamos una mirada limpia y nueva, dispuesta a compartir, a tirarse por el suelo, a rodar y mancharse, a calentar nuestras pipas en la calefacción. Somos nosotros los que, de manera urgente, tenemos que emborracharnos de ternura y de locura, como los niños, para dejar de ofrecer juguetes rotos a un mundo roto, saciado de si mismo.
¿Quieres jugar? Preguntó su madre con ojos de nube. Corre,
salta, llora, ríe, súbete a la silla o a la mesa, túmbate sobre la alfombra,
haz garabatos en las cortinas, rompe algún juguete. La niña no necesita nada
mas para soñar.
¿Quieres jugar?
POLARIDADES
Miércoles de ceniza
martes, 9 de febrero de 2021
LA PEQUEÑA MUÑECA
Algo causa revuelo dentro del templo: una chica joven camina de un lado a otro preguntando. Se interesa por las capillas de los Santos, por lo que es importante y lo que no, por lo sagrado y lo anecdótico. De vez en cuando hinca su rodilla en el suelo como en un gesto de adoración. Detrás de su mascarilla se intuye una sonrisa y sus ojos bailan como en una opereta de Offenbach. Algún amigo ríe a su lado, la mira como a una loca, y le sigue el juego. Me dice que es rusa y bajo su escueta falda y su abrigo se percibe un alma llena de sed. Al final llega la pregunta: ¿y Dios? No da nada por supuesto y, aunque está en una Iglesia, se pregunta por Dios. Muchos entran y salen del templo sin hacerse esta pregunta, incluso de los que vienen cada semana. Le señalo el Sancta Sanctorum donde le veneramos y luego le digo: “y en ti, y en tu amigo, y en mi…” Vuelve a sonreír debajo de la mascarilla. Uno aprende a leer las comisuras de los rostros en este tiempo complejo. Su compañero me confiesa que desde pequeño ha ido a colegios religiosos. No me ha preguntado nada, tampoco por Dios. Ella sin embargo, como esas Matrioskas de su país, ha ido liberando capas para descubrir un interior lleno de vida. Sin pudor vuelve a hincar la rodilla y se santigua tres veces en orden inverso al nuestro (lo que se ha mamado no se olvida). Sale por el pasillo central como en una danza del Lago de los Cisnes: Pies ligeros, manos al aire, luz en los gestos. Vuelve al bar de enfrente. Se enfunda otra vez las capas que protegen del frio y de los miedos. Todo parece más fácil detrás de una copa y de un cigarro. Pero que belleza poder visitar de vez en cuando el templo de enfrente, el templo interior, donde poder mostrarte así, con la libertad y la humildad del que busca y se siente buscado.


